El día mi cumpleaños, a finales del año pasado, me reuní para celebrar como mejor sé, compartiendo una comida deliciosa seguida de una más deliciosa conversación con amigos que amo. (Extrañando siempre a los que estan más allá del Atlántico)
Esa noche entre la conversación se coló algo sobre las viejas prácticas en las bibliotecas (juro no que no fui yo la que puso el tema) y me resultó curioso que todos ellos estvieron de acuerdo en extrañar las tarjetas de préstamo que había guardadas en un bolsillo de papel pegadas a la tapa del libro. En ellas, firmaba el lector que retirata el libro y llevaba la fecha del préstamo y se guardaba como constancia del préstamo en la biblioteca, hasta el retorno del libro.
Mis amigos dicen que nunca dejaron de mirar esas tarjetas cuando iban a prestar un libro, y que tuvieron amigos imaginarios y reales, como compañeros de lectura gracias a los nombres -a veces indescifrables- que los precedían en su elección. Con sorpresa y alegría encontraban repetidos a sus antecesores como predecesores y encontraban que en esas tarjetas se encontraba retratada una red de lectores que aunque se deconocieran personalmente, por sus lecturas comunes formaban una fraternidad.
También hay razones menos honorables, como la persecusión o la envidia, las ganas de desemascarar a los que prestan los libros y aunque no los leen hablan de ellos... incluyendo especialmente a los profesores, en fin razones todas muy humanas por las que mis amigos hicieron su requiem que hoy resumo y comparto.
Véase Además: Requiem por los catálogos de fichas
En la biblioteca a la que iba de pequeño no había nombres, sólo códigos, pero algunos me resultaban familiares; había un par de fieras que al parecer leían todas las novedades (eran siempre los primeros en estrenar las tarjetas).
Si la biblioteca siguiera abierta (pertenecía a la red de La Caixa, y cerró hace tiempo), en esta época de neuronas fallonas, podría saber si leí tal o cual libro, y en qué año lo hice, revisando la trajeta.
Enviado por sergio. Febrero 6, 2006 06:10 PM
Estaria bien un catalogo/OPAC donde los usuarios registrados y que quisieran dejar su perfil publico, of course, pudieran dejar su rastro en los libros que han cogido prestados.
Seria como una tarjeta de prestamo virtual.No crees? A ver si lo vemos en algún proyecto de la incipiente library 2.0
saludines :)
Enviado por vane. Febrero 7, 2006 06:37 PM
Es verdad Andrea. Lo que vos decis es asi, yo hacia mucho uso de libros que a nadie le interesaba leer, y solia fijarme en las tarjetas para saber desde cuando no se los sacaba a pasear. Muchas veces me he sorprendido con el tiempo de descanso que habian tenido en los estantes y les nombro algunos ejemplos: Las Confesiones de San Agustin, o La Montana de los siete circulos de Tomas Merthon.
Yo soy estudiante de la Universidad Nac. de Mar del Plata, pero estos ejemplos que doy son de la Universidad de mi ciudad natal, Santa Fe; donde aun se utilizan estas tarjetas.
Enviado por Romina. Marzo 28, 2006 04:30 PM
Hablando de confesiones, la biblioteca en la que paso las tardes todavía usa esas tarjetas. Y no hay intención de modernizar el sistema de préstimo, así que... ¡Nostálgicos, bienvenidos!
Enviado por Jorge. Abril 4, 2006 10:49 AM