El tema de la lectura y el área de Formación de lectores de la bibliotecología ha ejercido siempre un gran efecto sobre mí, en especial por la gran cantidad de preguntas y posiciones encontradas que tengo al respecto. (Y ahora que Barbol ha tomado el tema pues aprovecho para colarme)
A veces pienso que es imposible transmitir el "amor por la lectura" y que la lectura como pasión y deleite estético es intransmisible y por tanto la biblioteca debe formar en la lectura y puede ofrecer un espacio propicio para que los lectores de encuentren como tales, pero no puede realmente "hacerlos".
Otras veces pienso que la biblioteca sí puede y debe acercar a los usuarios a placer estético de la lectura, tal como un museo lo hace con las obras artísticas. Y que la biblioteca debe tomar posición para promover el cultivo del disfrute de la lectura. Pero luego de nuevo pienso que no... y así.
La variación depende en gran parte de las perceciones sobre el libro y la lectura, y sus variantes repúblicanas, populares, cultas. De la visión sobre la "utlidad" de la lectura y sus diferentes modalidades informativa, recreativa, evasiva, culta, investigativa, etc. Todo eso se me confunde y me deja sin posiciones claras... lo cual tiene mucho encanto para mí.
Por eso he disfrutado mucho la lectura de algunos de lo muchos libros que abordan el tema desde diferntes perspectivas. Muchas de esas obras, se encuentran reunidas en la Colección LEA de la editorial Gedisa. A la que pertenece el libro que leo por estos días: La lectura de un siglo a otro : discursos sobre la lectura 1980-2000 de Anne-Marie Chartier y Jean Hébrard.
Del que quiero presentar un fragmento para los más interesados.
Durante la década de 1970, [en Francia] la crisis de la lectura escolar pareció extinguirse dentro de un discurso en el que se valorizan sin condiciones todas las lecturas y todas las acciones "para hacer leer". En la década siguiente, como repiten todos los ministros, "el objetivo es conducir a todos, desde la escuela y para toda la vida, a querer leer, amar leer". Sin enmbargo, si se le hubiera agregado "todos los medios son buenos para sucitar, estimular y desarrollar el gusto por leer", la escuela hubiera quedado instalada en la pendiente fatal de los compromisos con el siglo, seducciones hedonistas, lecturas entretenidas y fáciles que han llevado a considerar los tebeos como libros, las novelas policíacas como literatura y las recetas de cocina como textos.
Muy rápidamente vemos los efectos trágicos de ese consenso ecléctico. Para Bernard Poirot-Delpech, Daniele Sallenave y muchos otros, el Libro con mayúscula, el libro en el que "están inscritas las obras del espirítu", no se adapta a ese relativismo cultural que sólo podría conducir a un desastre previsible. Los detractores de la modernidad no le perdonan a la enseñanza secundaria de masas que no haya logrado para todos el programa que antaño había sido concebido para unos pocos, en una época sin radio ni televisión. Pero salvo el hecho de aceptar que en materia de lectura simpre habrá muchos predestinados y pocos elegidos, es decir, de rechazar explícitamente el postulado fundamental de la escuela obligatoria según el cual "todos los niños pueden y deben aprender a leer" ¿cómo pensar y acompañar las mutaciones de este fin de siglo si no es predicando a los convertidos sobre el retorno a la edad de oro del "libro triunfante"?
En realidad, lo que parece inadmisible, pues es, "inconcebible", es la división posible entre saber y libro, entre pensamiento y escritura entre cultura y lectura. Así, todas las investigaciones y acciones sobre la lectura durante las décadas de 1980-1990, pueden ponerse a cuenta de un esfuerzo gigantesco para "concebir" aquello que, en las representaciones espontáneas de los letrados, escritores-lectores, profesores y bibliotecarios, investigadores y universitarios, gente relacionada con el libro y con la lectura, está prohibido pensar, en razón misma de las experiencias librescas que han edificado su identidad profesional.